lunes, 2 de diciembre de 2013

Pero qué es esto de las malditas cookies

En los últimos meses me hacen algunas preguntas de manera  recurrente: "Oye, ¿qué es eso de las cookies?" "¿Por qué demonios me preguntan constantemente en todas las webs no se qué de la cookies?" "¿Acaso tengo un virus?".


Este es el nivel de conocimiento que la gente suele tener del tema. O sea, ninguno. ¿Acaso es necesario que todo el mundo sepa de informática? Desde luego que no, cada uno sabe de lo que sabe y bastante tiene si sabe de algo. Sin embargo, la tecnificación que se está imponiendo en casi todas las facetas de nuestra vida cotidiana hace que los que no sepan qué es un hashtag o qué son las cookies, por ejemplo, sean los hoygan del siglo XXI. ¿Cómo? ¿Que no sabes lo que es un hoygan? Deberías empezar a preocuparte.

Las cookies son unos minúsculos ficheritos que se guardan en tu ordenador con ciertos detalles sobre tu navegación web, como claves de acceso, preferencias y algunos otros datos. Son muy útiles para no tener que escribir tus claves de acceso cada vez que entras en un sitio que precisa login, para recuperar tu cesta de la compra online que creíste perder tras aquél apagón de luz, o para conservar tus preferencias de visualización cada vez que entras en la Wikipedia.



Cada cookie es creada por un sitio web concreto y sólo puede ser leída por ese sitio web que la creó. Por tanto, las cookies no son malas, todo lo contrario. Digamos que son como las puertas de casa: sólo se pueden abrir con las llaves con las que se cerraron. Pero ¿y si me roban las llaves? ¿y si le dejo las llaves a un tercero, por ejemplo al portero de la finca para que acompañe al fontanero cuando no estoy y acaba registrando mis cajones de calcetines?

Los problemas vienen, como en el caso del portero cotilla, con la vulneración de la privacidad, o lo que consideramos como tal. Muchos sitios web crean sus propias cookies y dejan que empresas terceras con las que están asociadas también las creen, normalmente para registrar trazas de navegación y poder así crear perfiles supuestamente anónimos de navegantes para poder ofrecer productos personalizados. ¿Cuántas veces hemos visto, tras visitar algunas web de venta de coches, que todos los sitios web posteriores que visitamos nos ofrecen bonitos coches en sus anuncios? Y más tarde, cuando lo que nos preocupaba era una revisión oftalmológica, los anuncios de coches desaparecieron y fueron sustituidos por estupendas intervenciones con femtoláser a pagar en cómodas mensualidades.

¿Cómo regulamos y delimitamos la privacidad en tema tan esotérico para el común de los internautas? En Estados Unidos se lleva lo de la autorregulación. En Europa somos más de directiva comunitaria: Se crean leyes y los estados miembros las transponen a su legislación. Es el caso del Real Decreto del 30 de Marzo 2013 y la consecuente Guía de cookies que publicó la Agencia Española de Protección de Datos. Todo este proceso ha hecho obligatorio anunciar y advertir del uso de cookies para que los usuarios estén prevenidos y tomen la decisión de si aceptarlo o no.



Como casi siempre ocurre, la gente opta por el camino más corto, que es eliminar ese molesto cartel y acaba aceptando cualquier cosa con tal de poder acceder rápidamente al contenido web que buscaba. Nadie lee los contratos y condiciones de las aplicaciones que instalan en sus móviles, y mucho menos van a leer ahora páginas como esta. ¿Qué utilidad tiene, pues, bombardear a la gente con información que no va a leer? ¿No sería más útil legislar lo que esas empresas de márketing pueden hacer y obligarlas a operar en ese marco legal?

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