domingo, 5 de enero de 2014

E-book o libro en papel

Cuántas veces hemos dicho a amigos y conocidos "Jamás usaré un cacharro electrónico para leer. Me encantan los libros, su olor, hojearlos, acariciar sus lomos, soplar el polvo que se acumula sobre ellos...". La respuesta de un lector de libros electrónicos a estos argumentos es muy clara: "¿Y?".

Llega un día que un amigo te regala, por ejemplo, Libertad, de Jonathan Franzen. 672 páginas en canal. Kilo y medio en la mano. Al principio lo dejas para la mesilla de noche, pero rápidamente empieza a engancharte su historia. Decides echarle valor y te lo llevas al metro en tu diario viaje al tajo.

Empujado por gente que te inquiere machaconamente "¿Va a salir?", agarras el ladrillaco con ambas manos. Tus muñecas comienzan a resentirse a los quince minutos. No sólo es el gran peso del volumen, sino la resistencia que tiene a abrirse cuando aún llevas pocas páginas leídas y debes forzarle con tus pulgares. De repente, una señora te da un tremendo empujón cuando, aterrada, piensa que se le van a cerrar las puertas de la parada que le iba a dejar en sus grandes almacenes favoritos. Libertad cae dando mortales en cámara lenta hasta que choca con tu pie clavándose en él convenientemente con toda la esquina. Jurando en arameo, recoges el desparramado muerto y encima das gracias porque ha sido tu pie el afectado y no el de cualquiera otra de las tres mil personas que atestan el vagón.

Una vez te has recompuesto, relajado tus pulsaciones y respiración, retomas la lectura del tocho. Cambias de página y al alzar la vista ves delante de ti a una mujer de aspecto frágil y finas muñecas ensimismada en la lectura que lleva en su pequeño y ligerísimo e-book reader. Apenas lo sostiene con tres dedos y ves como parece avanzar páginas dando un ligero toque en el lateral del delgado artefacto. Te das cuenta de que va tan ensimismada porque no hay nada que le distraiga. Su mano derecha sujetando, por no decir acariciando, el lector. Su mano izquierda agarrada a la baranda. Y toda su mente sumergida en a saber qué lejana aventura.

La epifanía libroelectrónica ha llegado a tu existencia. Quieres un reader. Lo necesitas. YA.


Falsa dicotomía


Todo lector atesora en su domicilio, al menos, unos centenares de volúmenes. De aquella primera librería de una sola balda que orgullosamente instalaste en tu primer pisito cuando te independizaste has pasado a tener una estancia completamente saturada de libros que se amontonan de todas las formas posibles para tratar de caber en unas librerías tan abigarradamente abarrotadas que amenazan con provocar un alud y sepultarte cualquier día que pases distraído por delante.

Un día te da por empezar a tener hijos y pronto los descubres en tu amada biblioteca gateando, rodeados de volúmenes despanzurrados con hojas arrancadas. Un gigantesco torrente de adrenalina sale disparado de tus glándulas suprarrenales amenazando con reventarte los tímpanos y decides prender fuego a los niños, a la biblioteca, a ti... ALGO TIENE QUE ARDER.

Evidentemente, el incidente suele acabar con un buen número de libros remendados con celofán y colocados en estanterías con altura suficiente para evitar a esos pequeños seres fascinados por el sonido de una hoja al ser arrancada: "rrrraaasss". Es cuando aprendes a poner enciclopedias y colecciones de fascículos encuadernados con tapa superdura en las baldas inferiores y, sobre todo, apretados. MUY apretados.

El tiempo pasa y esos mismos niños van creciendo y acumulando sus propios libros de actividades, lecturas, cuentos... Tu sagrada biblioteca, base de tu civilización, empieza a ser invadida por una horda de bárbaros volúmenes de formas y tamaños tan dispares y alocados como los colorines y tipografías de sus cubiertas.
Pero una extraña sonrisa, casi una mueca, se dibuja en una de las comisuras de tu boca. Tu epifanía acontecida en el trasporte público te llevó a replegar tus ejércitos a terreno seguro. A un lugar inexpugnable, tan indeterminado como ubicuo. Tu reino ya no está en este mundo, sino en la nube. No, en la parra no, en la nube. Bueno, en la parra también.

¿Pantalla o papel?


Nadie puede impedirte comprar el diario en papel o coger prestado un libro en la biblioteca de tu barrio. Nadie puede impedir que un amigo o un familiar con gusto te regale un libro interesante. Vas a seguir leyendo en papel siempre que quieras.

La dicotomía es similar a la que se genera con una discusión sobre coche con cambio automático sí, coche con cambio automático no. Todo el mundo prefiere el cambio manual. Hasta que pruebas el automático, claro.

Lector de tinta electrónica o táblet


Una vez que ya te has decidido a compaginar la lectura en papel con la lectura electrónica, la pregunta de si lector o táblet suele ser la siguiente. Y de nuevo volvemos a una falsa dicotomía. Un táblet es un táblet y un lector un lector. Esto que acabo de decir es meridianamente claro, pero vamos a explicarlo. Un táblet es como un móvil pero más grande. Con Internet y todas sus consecuencias: Facebook, Twitter, Whatsapp, correo electrónico, SMS, o sea, notificaciones de todo tipo interrumpiendo constantemente la lectura. Eso NO es leer. Recordando lo que es un táblet nos damos cuenta de todo lo que un simple lector electrónico nos aporta: nada. Y eso es lo bueno. Lo mejor y más significativo del e-reader frente al táblet es precisamente todo lo que no tiene. Con el lector, lees. Punto.

Aparte del gran e insuperable detalle, hay otro no poco importante: el lector utiliza tinta electrónica. Y eso son dos buenas noticias, una para tu vista y otra para la batería del dispositivo. Ambas, vista y batería, te durarán más. Los ojos leen del lector con la luz ambiente rebotada en la pantalla de fondo opaco (el aparato no tiene brillo, no emite luz). Y el lector sólo usa la batería cuando haces algo, como cambiar de página, hacer una anotación o sincronizar los libros. O sea, el 1% del tiempo.



Escenario ciberperfecto propuesto para lectores contumaces


Quede claro que esta proposición es sólo un ejemplo y nada tiene que ver con marcas, dispositivos o títulos concretos, aunque si algún fabricante o autor se siente especialmente halagado, puede enviar su donativo sin dudarlo a mi cuenta en suiza.

E-reader
Si dudas sobre qué lector es mejor, te propongo que vayas a alguno de los más baratos. El Kindle básico de Amazon cuesta ahora mismo 79 €. Tiene tinta electrónica, WiFi, una pantalla de 6 pulgadas y muy poco peso. Justo todo lo que necesitamos y nada de lo que no necesitamos, como pantalla emisora de luz, transformador eléctrico, apps, etc.


Software
Además de todos los títulos de la propia tienda de Amazon, siempre querremos libros, manuales y documentos diversos provenientes de quién sabe dónde. Con el magnífico programa Calibre los transformaremos y podremos leerlos, enviarlos al Kindle por cable USB o subirlos a la nube de Amazon. Esta última opción es la ideal ya que mediante la característica wishpersync la nube de Amazon nos sincronizará todo lo que subamos en todos los dispositivos que asociemos con la cuenta. Para ello seleccionamos en Calibre la opción Conectar/compartir > Enviar por correo electrónico a nuestra cuenta kindle.



Instalaremos la app de Kindle en Android, iOS o Windows 8. Todos los dispositivos asociados nos aparecerán en la web de Amazon, en la sección Gestionar mis dispositivos:


En la app de Windows 8 sólo veremos los libros comprados en Amazon. Esto es porque los libros que enviemos a la nube con Calibre acaban en una carpeta especial llamada "Documentos personales" que no se sincronizará en la app. Bienvenidos a los usuarios lectores con tablets Windows 8 (siempre que pasen por caja).

Imaginemos que hemos avanzado unas páginas con la lectura de Libertad en el Kindle. Un día salimos a hacer unas gestiones e inesperadamente tenemos que aguardar a que nos toque nuestro turno. Normalmente esto sería un gran fastidio o una excusa para perder el tiempo consultando Facebook o dejándonos los ojos y el esmalte dental con el Candy crush, pero... oh maravilla. Llevamos nuestra app de Kindle instalada y sincronizada en el móvil.


Elegimos nuestro libro...


Y al abrirlo...


¿Te acuerdas cuando el libro que estabas leyendo se te caía y se salía la solapa que te indicaba por dónde ibas? ¿O aquellas ocasiones en que veías a tu hijos jugando a las espadas con tu marcapáginas, recién extraído de tu actual libro?

Bienvenido a la nube de la lectura.

Y siempre puedes volver a tus pesados tomos de clásicos en papel áspero y amarillento. El caso es leer.

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